Siempre
responsabilizamos a las instituciones por los malos manejos de la gente. Decía
que tal cosa no sirve, porque la gente que la conforma no sirve. Y juzgamos a
todos con la misma regla.
Estamos
acostumbrados a eso. Desde la escuela hasta en nuestra vida laboral, si pasa
algo que no es claro, pagamos “justos por pecadores”.
No
nos gusta, pero no los han aplicado y nosotros lo aplicamos a otros.
Más
allá del proverbio, nos encontramos con hechos reales que hace que esa parte
enseñada salga a relucir.
Hace
dos meses ocurrió un hecho sangriento y un ser humano murió. Dos meses después
nos damos cuenta que en el hecho “extraño” está supuestamente involucrado un
sacerdote.
Los
datos que se trataron de ocultar, comenzaron a tomar vida propia y se fueron
reproduciendo a tal punto que, aún es incontrolable los resultados y las
afectaciones a vidas e instituciones.
¿Pero
de quién o qué es la culpa? ¿Es la Iglesia la culpable? ¿Es el sacerdote el responsable?
¿Somos nosotros?